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La Nava del Barco es una de las localidades más bellas de la comarca.
Hace realidad el significado de su nombre: "Llanura húmeda
situada entre montañas".
Esta hermosa tierra tiene una vinculación a la historia de Castilla
y, concretamente, a la de Ávila.
Alfonso I el Batallador
trataba de que no pudiera reinar el Infante Alfonso Ramón, hijo
de doña Urraca y de don Raimundo de Borgoña, custodiado
y protegido dentro de las murallas avilesas. Un adulador le comunicó
al monarca aragonés que el infante padecía una grave enfermedad,
sin que se vislumbrasen muchas esperanzas de vida.
El Batallador creyó oportuno, ante esta circunstancia, acelerar
la marcha de su ejército y acampar a un cuarto de legua, al norte
de la Ciudad. Despachó enseguida a un emisario para entrevistarse
con el gobernador Blasco Jimeno. Le pedía entrada segura en el
recinto abulense, suponiendo que el rey de Castilla, había fallecido.
El soberano de Aragón ofrecía privilegios, mercedes y exenciones
amplias al Concejo local.
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Contestó Blasco a la misiva afirmando
que el rey niño estaba vivo y sano, suplicándole que, en
virtud de lo pactado con la Reina y los prohombres de Castilla, levantase
el campamento militar para que volviese la calma a toda la población.
El Batallador, por medio de su mensajero, le replicó que si le
mostraba vivo al infante no molestaría más a la Ciudad.
Se acercaría a sus murallas, a cambio de que le facilitaran sesenta
rehenes como garantía de su integridad personal. Juró que
si volvía sano y salvo al acantonamiento retornarían indemnes
los caballeros que se le entregasen.
Por la puerta que se llamó de la Mala Ventura salieron los rehenes,
caballeros ilustres, defensores apasionados de Castilla y León.
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El aragonés llegó a la puerta más inmediata a la
catedral-fortaleza, contentándose con que le mostrasen a su entenado
allí mismo o sobre los inmediatos muros. Los abulenses accedieron
a su deseo y presentaron al rey niño entre dos almenas del cimborrio
de la catedral. Uno desde las lanchas del pavimento y otro desde la cima
del ábside se saludaron muy cortésmente; sonaron las trompetas
y en el aire se dibujaron gestos, aparentemente cordiales, que rondaban
más la diplomacia que la sinceridad.
Alfonso el Batallador volvió al emplazamiento de sus soldados sin
querer que nadie le acompañase. Malhumorado; lleno de ira; crispadas
sus manos dio órdenes de que los sesenta rehenes avileses fueran
sacrificados, convirtiéndose en víctimas inocentes de su
rencoroso y cruel desengaño.
Los cuerpos, hechos pedazos, se arrojaron a calderas de aceite hirviendo,
por cuya horrible masacre aquel campo se conoce desde entonces con el
nombre de "Las Hervencias".
A continuación de tan bárbaro proceder, se acordó
en una gran junta celebrada en Ávila retar al rey de Aragón
por perjuro, traidor y alevoso. Se designó para el caso al gobernador
Blasco Jimeno, quien acompañado de su joven sobrino Lope Núñez
y de dos hombres de a pie, para calzare la espuela y cuidar de sus armas,
se avistó con el rey al tiempo que sus tropas salían de
Fontiveros en dirección a Zamora. El caballero y adalid Blasco
Jimeno le echó en cara, con toda energía y franqueza, su
gravísima acción.
Irritado el rey ordenó que los ballesteros de su ejército
lo matasen.
Blasco Jimeno se defendió con singular bravura, pero hubo de sucumbir
a fuerza de lanzadas, vendiendo cara su vida y dejando a la posteridad
el recuerdo de su intrépido valor.
Los tres hijos
de este caballero, progenitor de la ilustre casa de los marqueses de Velada
fueron galardonados por el Rey Alfonso VII con dehesas y territorios serranos.
A Galin Gómez, el menor de sus dos hermanos, le correspondieron
los términos y alrededores de La Nava del Barco.
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Por eso, la garganta que procede de la Laguna,
atravesando de sur a norte el ámbito municipal, como asimismo una
parte de esta cordillera, llevan el nombre de Galin Gómez.
El angosto cauce
de "Los Caballeros" que afluye al Tormes, recuerda al heroico
retador, a sus tres hijos y al hecho que tanto se comentó, en el
que murieron ciudadanos preclaros como Fernán Salvador, dos de
sus descendientes, Alvar Minaya y familiares muy allegados al gobernador
abulense.
La Nava, escenario muchas veces de la estancia y paso de las caravanas
caballistas de Galin y de su familia, presenta hoy una hermosa repoblación
arbórea; desde los robles y pinos que cortan el aire de las laderas,
hasta los fresnos y alisos crecidos al borde de riatillos, donde tras
el bocado de hierba moja el hocico la cabra montés.
Este pueblo ha
sido durante años paraíso de producción frutícola.
Grandes partidas de manzana reineta se exportaron a diversos mercados
del país.
Dos cardenales -Tabera y Larraona- en él encontraron una paz, un
descanso veraniego lejos de las presiones humanas de la Curia de Roma.
La Naturaleza deparó a este terruño bellezas singulares.
En su demarcación se halla la "Cueva de la Mora", donde
se refugió una reina árabe cuando sus hombres conquistaban
esta vertiente de Gredos.
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En su término han surgido las figuras graníticas del "rollo"
o de la "pera", del "caracol" y del "tricornio",
captadas infinidades de veces por la cámara fotográfica
del turista que degusté sus viandas vespertinas en las fuentes
de Ceniceros, Tranquillos y Santa Cruz.
"Historia del Barco de Ávila" de Francisco Mateos 1991.
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